La guerra de 2012

La guerra de 2012 es una pieza de ficción serializada que se publica dos veces a la semana, los lunes y jueves. Se empieza leyendo las entradas más antiguas, es decir, por las entradas que están más abajo.

Entre el 24 de noviembre de 2009 y el 19 de febrero de 2010 se publicó la Primera Parte de la novela.

A partir del 4 de marzo de 2010 se publicó la Tercera Parte y la novela acabó el 20 de mayo de 2010 .

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lunes, 26 de abril de 2010

XVI. El discreto encanto del desencanto



Atrás quedaba todo. El frente de batalla, la contraofensiva de Sama, los Otorongos, el desembarco. Todo. Observaba a los heridos y mutilados que viajaban con él en el viejo Antonov y se preguntaba si lo que le causaba las náuseas eran los fuertes olores que rondaban en la cabina, los recuerdos de la guerra o el vuelo mismo. En cualquier caso, sabía que una fase de su vida estaba llegando a su fin. El desencanto con todo lo relacionado a las últimas semanas lo consumía.
Había tenido acceso a la propaganda de ambos lados, y veía con igual desdén los reclamos de victoria que esgrimían. El avance peruano en el segundo día de la contraofensiva había tenido resultados mixtos. El comandante Llauce recibió instrucciones de realizar una maniobra excesivamente osada con fuerzas manifiestamente insuficientes. En lugar de avanzar desde la cabecera de puente con dirección a la costa, para auxiliar a los completamente aislados infantes de marina –que resistían a duras penas un determinado contraataque chileno– hubo de internarse con dirección este para cortar la vía de retirada de las fuerzas chilenas que seguían peleando en Sama. A pesar de sus atributos como líder de combate y finalmente estar al mando de tanques de verdad, Llauce comprendía que se le estaba pidiendo morder mucho más de lo que podía masticar. Nadie puede saber con certeza si llegó a oír las exhortaciones de undécima hora que le hiciera el general León para que siguiera el ejemplo de Bolognesi y que luchara hasta disparar el último proyectil.
En lo que posteriormente se denominó el combate de la carretera Panamericana, su pequeña e improvisada kampfgruppe –compuesta del 181º batallón de tanques más algunos elementos auxiliares– tuvo que hacerle frente a toda la 2ª brigada acorazada “Cazadores” y otras unidades que se estaban retirando desde Sama con dirección a Tacna. A pesar de algunas maniobras tácticas notables por parte de Llauce, la fuerza peruana terminó siendo arrollada, y su comandante, muerto. El camino había quedado libre para que las demás fuerzas chilenas empezaran el complicado proceso de una retirada escalonada desde sus posiciones en Sama. Quienes estuvieron en el Fuerte Arica aquel día comentan que era difícil leerle la expresión al general León. No sabían si este último acontecimiento le mortificaba, al no poderse destruir al ejército enemigo, o si le complacía la muerte en combate del teniente-coronel. Quizá era una mezcla de ambas cosas.
En cualquier caso, al final del día era el ejército chileno el que se retiraba hacia el sur, y el ejército peruano cantó victoria. Al bajar cuidadosamente de la aeronave, oyó a una banda militar saludar a los heridos, dándoles la bienvenida a la patria y felicitándoles por el resultado obtenido. Quizá era cuestión de algunos minutos para que se le pasara el mareo. Tan solo debía tomar un taxi y pronto estaría de vuelta con Cecilia y todo se resolvería.
Para su buena fortuna, entre tanta descarga de heridos, no faltaban médicos. Perdió el equilibrio y se dio contra el piso, perdiendo el conocimiento. Despertó en una ambulancia del ejército que lo llevaba en dirección al Hospital Militar Central.
*****
No habían contemplado la posibilidad de un ataque suicida y cuando este ocurrió, perturbó sus planes considerablemente. El humo y las llamas hicieron insostenible la posición en el Chili’s, lo cual les obligó a replegarse hacia el Starbucks, concediendo así un amplio arco de fuego. Los peruanos de alguna manera habían obtenido acceso a los techos de las tiendas que estaban separadas de su reducto por apenas un vacío de unos tres metros, y empezaban a lanzar bombas molotov a los francotiradores.
¡Bajen, carajo, bajen! El redespliegue era posible por medio del balcón del Starbucks ubicado en el segundo piso, desde el cual Novoa intentaba cubrir a sus hombres. El primero llegó a ponerse a salvo, pero el segundo fue impactado por una bomba molotov que lo envolvió en llamas. Novoa mató al peruano que lo lanzó, pero tuvo que ser testigo impotente de la caída de su soldado al piso de abajo, donde después de algunos momentos de retorcerse de dolor, expiró. El francotirador superviviente cogió un rifle de asalto, miró a Novoa, y tomó una posición defensiva en el perímetro.
Por la puta madre, Ríos, ¿cuánto falta? Voy 43%, teniente, aguante un poco más. Hay veces en que uno sigue haciendo las cosas por inercia, aun sabiendo cuáles serían las consecuencias. Ríos sabía que mandar el archivo a Chile era viable, y que una vez allá podrían descifrarlo y contrarrestarlo. Pero su propia suerte estaba echada desde el momento en que empezaron los disparos. Estaba convencido de que una vez que se derramara sangre, sus propias posibilidades de sobrevivir eran prácticamente inexistentes. Sabía que los peruanos quemaban vivos hasta a sus propios alcaldes, y lo que le esperaba como chileno podía ser incluso peor.
¡Atentos, que acá vienen de nuevo! El segundo asalto de los peruanos fue más intenso y, sobre todo, mejor organizado que el primero. Desde las gruesas filas de civiles, policías, serenos y hasta guachimanes disparaban contra la estructura que les servía de fuerte, como para obligarlos a mantenerse bajo cubierta. La pérdida del Chili’s le facilitó a los peruanos acercar sus posiciones de partida más, mucho más que antes. Novoa y el último soldado no se inmutaron y vomitaron un intenso fuego sobre la horda peruana, abriendo boquetes en sus filas que, sin embargo, no tardaban en volver a ser rellenadas.
¡Cuidado, carajo! El soldado, viendo que estaban a punto de penetrar dentro del local, había avanzado hasta la esquina y descargado una cacerina entera a corta distancia sobre el enemigo a través del ventanal principal hacia el este, rechazándolos. En su desesperación no había percibido que otro grupo de peruanos se abalanzó por el ventanal sur, y súbitamente diez manos lo tomaron y lo arrastraron hacia afuera. Soltó el rifle de asalto y se defendió como pudo con su pistola y cuchillo mientras Novoa intentó un contraataque. Entre ambos mataron a varios más, pero no fue suficiente. Los peruanos lo molieron a golpes primero, y una vez que fue llevado más atrás de la línea un sereno de Independencia lo remató con un tiro en la frente.
La posición se hizo indefendible. Él solo no podía sostener el perímetro entero. ¿Cuánto vamos, Ríos? ¡73% teniente, aguanten un poco más! Le entregó una pistola. Nos vamos al sótano.